Como en casi todos sus días últimamente, la escena se repetía. No siempre con la misma intensidad, pero si con la misma lógica. Querer escribir, no escribir, sostener esa abstinencia como si fuera una decisión y no apenas un aplazamiento.
Sentada frente al teléfono, luchaba otra vez contra la necesidad de escribirle. No había introspección, explicación psicológica, tarot ni astrología que la convencieran de que hacerlo no era lo mejor para sí misma. Mandar ese mensaje era provocarse la vergüenza de ser una mujer que se promete cosas que sabe que no va a cumplir.
En el fondo sabía cuál era la verdad que no quería aceptar: forzar la conexión era exponerse nuevamente a la misma dinámica en la cual aunque no hubiera rechazo explícito, otra vez, no iba a ser elegida. Esperar se volvía entonces una forma de no enfrentarse al silencio ni al cierre.
Escribir “Hola” y temblar. El botón “enviar” como un gatillo apuntando directo al pecho, por eso el vértigo al pensar en apretarlo. Por eso también la falsa seguridad del botón “atrás” que desarmaba la escena y la devolvía intacta al inicio, sin consecuencias, sin final.
Cerrar el chat y dejar el teléfono sobre la mesa era una pequeña victoria. Apenas la sensación momentánea de haber sostenido, una vez más, cierta idea de dignidad.
Se levantó, subió el volumen de la música, fue a la cocina. Harina, levadura, agua tibia, amasar. Mover el cuerpo y las manos. Bailar entre canciones que por un rato lograban hacerle creer que no era tan difícil sentirse bien.
No se engañaba. El deseo, la compulsión, iba a volver y, con él, la escena. La misma, repitiéndose indefinidamente.

Una escena repitiéndose indefinidamente
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